El llanto fértil

de Omar Letizia

con ilustraciones de Mariloren Cortese

Editorial Antigua: 1a ed. 2015.

90 p. ; 22 x 15 cm. - ISBN 978-987-3707-21-6

 

Pedro cuidaba esas casitas donde no había timbre, no había portero eléctrico que responda, ni encargado para recepcionar ninguna correspondencia, impuestos, citaciones, invitaciones o despidos laborales, él cumplía todas esas funciones con mucho gusto para esos moradores eternos, que no pagaban expensas, no eran inquilinos ni dueños, solo almas presentes…
Esas almas que recibían visitas por sus cumpleaños, por el día de su partida, por su santo o por algún día de la semana elegido a conveniencia, como el domingo por razones laborales, aunque a veces el morador era sorprendido porque lo extrañaban…
Las casitas, como las llamaba Pedro, eran cada una un mundo completamente diferente. Por esos moradores con sus fotos que nos llevaban a imborrables momentos de sus vidas, recuerdos, actitudes que solo sus visitas pueden saber. Sus olores a placard cerrado por mucho tiempo y, al abrirlo, esa humedad que nos llegaba a través de sus ropas e impregnados en sus paredes (solo las visitas y Pedro solían saber el porqué de esos olores que eran parte del hábitat), la pintura desgastada y lúgubre por el encierro.
Donde la luz del día solo entraba por sus ventanas y postigos y daban una sensación de frescura dibujada en el reflejo de esas mantillas blancas que cubrían los placares de cada uno, para que no se vea su físico deteriorado por el transcurso del tiempo. Acompañaban el entorno esas escaleras angostas para separar los entrepisos y el cuidado al abordarlas. Esos mármoles fríos que ni el sol lograba entibiar pero hacían a esas casitas una característica propia del lugar.

 

 

 

 

El Llanto Fértil De Omar Letizia
$150,00
Sin stock
El Llanto Fértil De Omar Letizia $150,00

El llanto fértil

de Omar Letizia

con ilustraciones de Mariloren Cortese

Editorial Antigua: 1a ed. 2015.

90 p. ; 22 x 15 cm. - ISBN 978-987-3707-21-6

 

Pedro cuidaba esas casitas donde no había timbre, no había portero eléctrico que responda, ni encargado para recepcionar ninguna correspondencia, impuestos, citaciones, invitaciones o despidos laborales, él cumplía todas esas funciones con mucho gusto para esos moradores eternos, que no pagaban expensas, no eran inquilinos ni dueños, solo almas presentes…
Esas almas que recibían visitas por sus cumpleaños, por el día de su partida, por su santo o por algún día de la semana elegido a conveniencia, como el domingo por razones laborales, aunque a veces el morador era sorprendido porque lo extrañaban…
Las casitas, como las llamaba Pedro, eran cada una un mundo completamente diferente. Por esos moradores con sus fotos que nos llevaban a imborrables momentos de sus vidas, recuerdos, actitudes que solo sus visitas pueden saber. Sus olores a placard cerrado por mucho tiempo y, al abrirlo, esa humedad que nos llegaba a través de sus ropas e impregnados en sus paredes (solo las visitas y Pedro solían saber el porqué de esos olores que eran parte del hábitat), la pintura desgastada y lúgubre por el encierro.
Donde la luz del día solo entraba por sus ventanas y postigos y daban una sensación de frescura dibujada en el reflejo de esas mantillas blancas que cubrían los placares de cada uno, para que no se vea su físico deteriorado por el transcurso del tiempo. Acompañaban el entorno esas escaleras angostas para separar los entrepisos y el cuidado al abordarlas. Esos mármoles fríos que ni el sol lograba entibiar pero hacían a esas casitas una característica propia del lugar.